Tener acceso a cuidados de salud es un derecho humano

August 31, 2016 12:00 am Published by Leave your thoughts
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Arlette Florez
Soy una madre de cuatro hijos, de 36 años, y vivo en Merced. En 2014, durante una endoscopia de rutina para quitarme piedras de la vesícula, el médico cometió un error y perforó mi intestino delgado en lo que me dijeron sería un “procedimiento muy simple”.

Pero no hubo nada de simple en este procedimiento o en el error y el sufrimiento que me ocasionó. Yo no pude pedir ayuda cuando las cosas salieron mal o tampoco puedo esperar recibir tratamientos médicos de calidad porque yo no soy una típica madre de 36 años; soy una de las 2.6 millones de personas invisibles en California —soy indocumentada.

Después de la endoscopia, padecí meses de agonía y complicaciones a causa del error médico —incluyendo procedimientos adicionales dolorosos que me dejaron cicatrices tanto físicas como emocionales. A pesar de que la cirugía original me dejó con complicaciones y mucho dolor, no me hicieron una tomografía computarizada para saber qué había salido mal. En su lugar, me dieron altas dosis de morfina para calmar el dolor.

Hasta que un día de suerte, el doctor me escuchó. Con el aliento entrecortado, le dije, “por favor haga algo, lo que esta haciendo ahora es cruel!” Ese día tuvo compasión y ordenó una tomografía, la que evidenció la perforación, la razón de meses de mi sufrimiento. Muchas preguntas pasaron por mi cabeza: ¿cómo y porqué le llevó tanto tiempo al médico hacerme una simple prueba? Porqué tuve que sufrir y vivir con una herida que él me causó? Pero yo sabía las respuestas —tengo el “seguro de salud equivocado”, porque soy indocumentada.

A pesar de que su error casi me cuesta la vida, no aceptó su responsabilidad ni se ofreció a reparar el error. No se preocupó porque soy indocumentada. Ese día aprendí que “tener el seguro de salud equivocado” les da licencia a otros para ser insensibles y faltar el respeto a mi familia y a mí, y no tratarme como un ser humano.

Sometí mi caso a varios hospitales y finalmente fui aceptada por uno de San Francisco. El viaje en ambulancia desde Merced fue muy largo y doloroso, pero un transporte más rápido no era posible para mí. Pero cuando llegué pasé del infierno al paraíso. Los doctores en San Francisco sabían cómo controlar mi dolor y cuando revisaron mi tomografía (que me dijeron que era de mala calidad y mal tomada), me preguntaron, “¿quién te hizo esto?”

Allí el comportamiento hacia mí fue completamente diferente al que había experimentado en Merced. Estaban más preocupados por mi salud que por mi seguro. Me sentí afortunada porque por fin me atendían como a un ser humano que merecía cuidado médico y fui tratada con dignidad y respeto, sin consideración de mi seguro y de mi situación migratoria.

Aprendí que no soy la única en este largo camino a la recuperación. Nuestro sistema de salud también necesita recuperar sus valores esenciales —¿cuál es el propósito y la responsabilidad de las empresas de seguro, médicos y clínicas? ¿No se supone que deben ayudar a la gente para que vivan una vida saludable? No pido beneficios gratis, pido un trato justo y adecuado, algo que todos merecemos. Ser tratado como un ser humano no es un derecho que deba ganarse.

Todos deberíamos tener acceso a un sistema de salud de calidad y poder ver a un médico —sin consideración del país de origen y del estatus migratorio. Necesitamos que el estado reconozca que si bien existen varios condados que disponen de servicios de salud para todos, no todos son iguales y muchos californianos carecen de estos servicios o son malos servicios.

Ni mi situación migratoria ni mi “seguro médico incorrecto” cambiaron al llegar a San Francisco; seguía siendo la misma persona. Pero el trato fue muy diferente. Me llevó salir de mi ciudad, Merced, para sentirme un ser humano y recibir un tratamiento medico adecuado. Después de esta experiencia ya no puedo permanecer callada; el acceso a la salud pública preventiva es un derecho humano.
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